23 años después

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Aun mantenemos en la retina aquélla histórica entrevista que Jesús Quintero hizo a Jon Idígoras en el año 1993, para el programa La Boca del Lobo. Una entrevista que sirvió para dar voz por primera vez en un programa español de prime time a un líder de la izquierda abertzale, con la intención de escuchar y entender al conjunto del Movimiento de Liberación Nacional Vasco. Una época, recordémoslo, mucho más convulsa que la de ahora, y en la que el enfrentamiento entre el Estado español y Euskal Herria ocupaban las portadas de todos los periódicos. “Para algunos era un asesino indeseable, pero a mi no me correspondía juzgar. Yo estaba allí para escuchar y comprender, si era posible. Equivocado o no, era un hombre, yo lo había visto emocionarse recordando una nana en euskera”, narraba Quintero antes de sentarse enfrente del hijo de Juanita Gerrikabeitia. Tras ese susurro tan típico del presentador y no menos misterioso, comienza todo. Idígoras y Quintero frente a frente, y un escenario totalmente cinematográfico, al más puro estilo gangster o camorra italiana.

Aquella entrevista sirvió para humanizar a alguien demonizado durante años por las cloacas más apestosas. Presentarlo frente a la sociedad española, sin ningún tipo de prejuicio y con el único objetivo de entender la estrategia política de Herri Batasuna, con preguntas directas y arriesgadas por parte de Quintero, como por ejemplo “¿le gusta el olor a pólvora?” o “¿usted colabora con ETA?”. Me temo que muchas de las preguntas y respuestas que se emplearon en aquella entrevista, hoy en día serían razón para que alguna asociación de víctimas acudiera a los Tribunales a denunciarlo. Pero, lo cierto es, que la del 93 fue una entrevista muy bien estructurada, con preguntas crudas, pero también intentando mostrar la cara más humana de un político odiado por muchos. Incluso muestra un Idígoras emocionado, al borde del llanto, cuando recuerda el atentando del Hotel Alcalá en el que mataron a Josu Muguruza e hirieron de gravedad a Iñaki Esnaola. Pues bien, es inevitable la comparación entre aquélla entrevista, y la que le realizó el pasado domingo Jordi Évole a Arnaldo Otegi en el programa Salvados. Dos entrevistas no deseadas, políticamente incorrectas e inmorales según muchos; pero lo cierto es que ambas crearon un gran impacto entre el público. La primera tuvo como claro objetivo conocer a Jon Idígoras y al conjunto de la izquierda abertzale, para poder entender así la postura política de Herri Batasuna. En la segunda, en cambio, primaba el poner a Otegi frente al espejo para hacer un ‘remember’ de algunos de los atentados más significativos de ETA, con el objetivo de desmitificar a una de las personas clave en el fin de la lucha armada de ETA. Dos fines completamente diferentes.

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Podríamos seguir analizando el cuestionario que empleó Évole ante Otegi. Unas preguntas ancladas en el pasado, repetitivas, simplonas, y que por momentos, recordaba a la entrevista que le hizo siete años antes en las escaleras del Anaitasuna. Pero si algo caracteriza a Jordi Évole, eso es su liderazgo en los interrogatorios. Su facilidad para dejar en evidencia a cualquiera que tenga delante, y su constante orden y mando. Tal y como hemos visto a lo largo de estos años de programa, el periodista catalán tiene una magnífica capacidad de atropellar a los políticos, de desnudarles televisivamente y de entorpecer sus discursos. Algo que no sucedió el pasado domingo. Évole, por muy raro que parezca, dejó el timón del programa al entrevistado tras comprobar que no sería una presa fácil, y apenas puso en aprietos a Otegi. No terminó de dejarle en evidencia, y en alguna ocasión parecía envidiar sus movimientos escurridizos ante preguntas, a priori, incómodas, con una mirada atenta (por momentos parecía abducido) que analizaba cada palabra y cada gesto del líder independentista. En uno de sus intentos por ganarle la partida, Évole le preguntó a Otegi por qué el día del asesinato de Miguel Angel Blanco se encontraba en la playa de Zarautz junto a su familia. Anteriormente, Otegi dijo que el asesinato del edil fue una catástrofe humana, política y en términos socialesy que hubo “iniciativas” para impedir su asesinato, pero aquéllas reflexiones se esfumaron enseguida. Palabras que tampoco recogieron los diarios españoles al día siguiente, y volvieron a resaltar que Otegi se encontraba en la playa el día del asesinato del edil de Ermua.

En lo único que se pueden llegar a parecer ambas entrevistas, es en el tratamiento de las localizaciones. A primera vista, es cierto que son dos realidades completamente diferentes. Tal y como se ha dicho al principio, la de Idígoras tenía un claro matiz clandestino, como si el lugar de la entrevista de un túnel subterráneo o un búnker se tratara. Un clima tenebroso, acorde con la realidad que rodeaba (a los ojos de la sociedad española) a Idígoras y al conjunto de la izquierda vasca. Escenificando un claro interrogatorio policial, una mesa separaba a Quintero del líder independentista. En la mesa, un teléfono, una lámpara con luz tenue, papeles, y el humo de un cigarro. En Salvados, por mucho que hayan pasado los años, el mensaje que se vislumbraba tras la escenificación era parecido. Con el famoso caserío Txillarre como referencia (un recurso ya muy ‘quemado’, por cierto), situaban la cita en algún lugar perdido entre los bosques verdosos de Euskal Herria. Ésta también parecía una cita prohibida, sin ningún edificio o símbolo que pudiera delatar el lugar del encuentro. También es cierto, que de la tenebrosidad de 1993, en Salvados pasamos a ver pequeños rayos de sol que entraban por la ventana como símbolo de esperanza y futuro; aquéllas luces, sin embargo, apenas dieron de qué hablar. Ya que el discurso de Évole se centraba única y exclusivamente en los últimos 25 años de conflicto (Hipercor, Miguel Angel Blanco, López de la Calle, la famosa ‘condena’, el tema de las corbatas negras de ‘Thierry’, ruedas de prensa de la época de Euskal Herritarrok…etc).

Un claro paso atrás en esta última entrevista, ha sido lo desapercibido que han pasado algunas frases de peso por parte de Otegi. Algo que no sucedió en La Boca del Lobo. Aquélla vez, según avanzaba la entrevista, Quintero improvisaba ante las respuestas sinceras de Idígoras. Una de las reflexiones que hacía el de Amorebieta, era la siguiente: “A mi nadie me ha preguntado por qué, cuando todos estos demócratas de pacotilla estaban militando en el frente de juventudes, este pobrecito que tienes aquí delante andaba rodando de comisaria en comisaria. Y mucho menos me han preguntado el por qué de la violencia en el País Vasco. Y te agradezco esta posibilidad. Y que nadie crea que podemos sonreír ante la muerte de un Guardia Civil. Porque cuando muere un Guardia Civil, es que estamos fracasando una vez mas”. Una valoración que llama la atención de Quintero, y que replica con un sincero deseo: “yo le doy esta oportunidad, pero a cambio espero recibir algo; que sirva también para acabar con la estrategia del terror; por eso le doy la posibilidad”. Algo parecido pasaba con las respuestas de Otegi ante las preguntas de Évole, cuando por ejemplo, se pusieron sobre la mesa temas como el del asesinato de Fernando Buesa o el tema de los atentados en cuarteles de la Guardia Civil. El líder independentista denunció alto y claro que esos asesinatos fueron un duro golpe para la izquierda abertzale, y asumió la responsabilidad que pueda tener en todo este asunto con un tajante “soy responsable de la tragedia, pero también lo soy de haber contribuido a las vías pacíficas”. Pero frases como éstas daban igual. Las preguntas de Évole se limitaban a un minucioso guion que no iba más allá del año 2006, sin margen para la improvisación, y el periodista perdió una gran oportunidad para esa réplica que tan bien maneja. El periodista ni pestañeó al escuchar de boca de Otegi que él mismo había sido torturado, mientras interpelaba al líder de la izquierda abertzale una y otra vez sobre si no se le removía algo en su interior con los atentados de ETA.

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Dos entrevistas, por lo tanto, muy diferentes. Por muy asombroso que parezca, la realizada en el año 1993 tuvo un lenguaje muchísimo más atrevido, donde apenas se midieron las palabras (¡se llegó a decir por parte de Idígoras “ETA es una organización política”, en prime time español!), y se da la posibilidad de conocer a la persona; a ése hombre de 57 años que se emociona recordando una nana en euskera, y dejando de lado ese monstruo diabólico que diseñaron diferentes aparatos del Estado para criminalizar a todo un movimiento. Algo que muy poco volveremos a ver en televisión. La de Otegi, en cambio, en pleno 2016, fue una película que ya teníamos vista. Se juzgaba al ‘terrorista’, y ni se habló, por ejemplo, de lo que siente un líder natural al estar 6 años y medio anulado políticamente en prisión. 23 años después, y con el cese definitivo de la lucha armada de ETA, nos encontramos ante una entrevista de palabras medidas por parte de Otegi (la sombra de los juzgados siempre acecha), y con un periodista que se limitó a un proceso ya caduco como es el del 2006. Dos formas diferentes de plantear una entrevista, pero que aun así, serán recordadas durante mucho tiempo por llevar a la pequeña pantalla española el mensaje de la izquierda abertzale. Algo que sucede en muy contadas ocasiones.

Lander Iruin



Categorías:ESTADO ESPAÑOL, EUSKAL HERRIA, IRITZIA/OPINIÓN, MEDIOS DE COMUNICACIÓN/KOMUNIKABIDEAK

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2 respuestas

  1. Estoy de acuerdo con el artículo, creo que fue una entrevista mirando al pasado y no al futuro.
    Me pregunto si evole sería capaz de hacerle una entrevista a felipe gonzalez y preguntarle por el gal en el mismo tono y con la misma intensidad con la que le hizo a otegi.

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  2. Otrosi es si las respuestas de Otegi aportaron algo, yo creo que no se puede estar toda la vida pidiendo disculpas, se puede asumir que lo de Blanco (Y los otros atentados contra conejales del PP y del PSOE) fue un escalofrio, que trajo unas consecuencias politicas ademas indeseadas, si; pero tambien pudo recordar que otro miembro del supuesto comando que dio muerte a Blanco, Geresta, aperecio muerto con un disparo en la cabeza de un calibre inusual en ETA y ademas pequeño, un 22, a Geresta le habian arrancado algunas muelas inmediatamente despues de recibir el disparo.
    Todo esto tambien se podia incluir en la respuesta, pero oye, no se hizo.
    Por cierto, Blanco tambien murio por dos disparos en la cabeza… del calibre 22 calibre inusual en ETA y ademas pequeño.

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